relatosMay 18, 2008 12:00 am

Ni los cambios ni el tiempo han conseguido que olvide. Creo que ya me he resignado que allí donde vaya su fantasma me perseguirá. Hay ocasiones en las que es difícil no creer en el destino. 

El otro día cogía un vuelo que se suponía corto y rutinario, un vuelo nacional de menos de una hora de duración. Pero sin saber muy bien como me encontré en un 767 de esos que tienen tres filas de asientos y en la que sus ocupantes tienen un acento caribeño perfectamente reconocible. A pesar de que hace tiempo que no nos encontramos por casualidad, que era la forma en que siempre se cruzaban nuestros caminos, se hizo presente a su forma en todo el trayecto. Sé muy bien de donde venían, quienes eran. Cada día descubro esas coincidencias asombrosas que me impresionan y me incitan a emprender un viaje no a los orígenes, que ya los conozco, sino a descubrir lo que nos une. Que es mucho más de lo pensé y que paso a paso que voy descubriendo me maravilla.
 

De esta forma, lo cotidiano se hizo extraordinario y no conseguí evadirme a pesar de estar sobre las nubes a no sé cuantos pies de altura. Y el recuerdo, el recuerdo del que no logro deshacerme todavía me persigue.

De día y de noche, caminando o volando, incluso bajo el mar. No son pocas las ocasiones en que me visita en sueños o mi cabeza se desconcentra y vuelve su mirada hacia él durante la vigilia. Ni siquiera otros cuerpos, más negros, más blancos, más dulces, más suaves, parecidos o diferentes borran la idealización que todavía conservo. Pero mucho más, palabras más cariñosas, mentes más inteligentes o personalidades más estrictas permiten que deje de compararlas con la suya. Una personalidad totalizadora, inigualable en ambición y curiosidad, un devorador de almas que me vampirizó hasta suplantar la mía reduciéndome a lo que hoy queda de mi: un recuerdo, un esclavo del pasado atormentado por sus fantasmas.

En el fondo sé que ya no podría ser. Entre las sábanas y los sorbos de café le busco pero nunca le encuentro. Cuando descubro su esencia en la calle miro alrededor pensando encontrar su mirada serena pero severa. Nunca está ahí porque en realidad soy consciente de que no está fuera sino dentro de mí. En parte soy él y ya no encuentro sosiego en los otros salvo en mi soledad. Una soledad liberadora que me ha hecho más fuerte e independiente. Soy libre.

Felicidades.

relatosMarch 25, 2008 2:04 am

Cuando llego todos saben que la noche ha caído, que es hora de recogerse y volver a su intimidad. Yo funciono al revés. Una vida de crápula que no lleva a nada bueno pero en la que encuentro alguna que otra satisfacción.

 

Una de esas ocurrió una de estas noches pasadas –no pregunten cuál, no lo recuerdo, confundo los miércoles con los jueves y los domingos con los lunes- caminaba de madrugada por la calle cuando encontré un pequeño tesoro: una caja repleta de viejos libros, todos clásicos. Y como el ladrón con sigilo seleccioné los mejores y los que podía transportar yo solo. Pero la noche no terminó ahí, llegué hasta un bar de esos que deberían haber cerrado pero que casualmente la puerta se entreabre para dejar pasar un rayo de luz, algo de música y, en el suspiro, colarme en su interior.

 

Dentro, unos pocos afortunados que, convocados por el pecado, se arremolinaban en torno a dos cubanos que cantaban y entonaban algunas canciones. Sobre el desamor, la esperanza, la indeferencia o el odio. No acierto a reproducir una melodía o estrofa más allá de algún verso suelto. Nada queda de aquella noche, tan sólo el recuerdo vago pero cierto. El haberlo vivido, que no es poco.

 

Después de unas cuantas canciones, palmas, coros, humo, drogas y copas los artistas se fueron con la música a otra parte. Cualquier otra parte mucho más lúgubre que la nuestra. Allí quedamos pocos, un chico que dijo ser español pero que no era también se fue. Hacía tiempo que iba y venía, entre canción y canción Morfeo lo acogía en sus brazos. Lo mismo le ocurría al misterioso dueño del garito. Tumbado en los bancos dormitaba, si acaso cuando se levantaba también lo hacía. La gorra le tapaba los ojos, quizás cerrados en todo momento. Sus manos eran viejas de haber trabajado la tierra, no había servido copas toda la vida. Copas que ahora servía en un local que era la bodega de un barco, se olía en la madera. Incluso se sentían los naufragios de la vida. Y ese barco iba y venía, trasunto de la vida.

 

Se hizo tarde, o pronto. Salimos y al abrir las puertas de la oscura madriguera la luz terminó de embriagarnos. Era de día, un nuevo día que para mí es noche. ¿Se lo he dicho? Todo sin moverme de Madrid, aunque no me cabe duda de que escondidos como polizones en aquella bodega viajamos desde Madrid hasta la Habana.

relatosDecember 3, 2007 8:26 am

Las pocas figuras que deambulan por las calles sucias tienen un halo de perversión a estas horas, solas o en compañía más que caminar se arrastran hacia lugares oscuros para protegerse de la luz que vendrá. El frío que corta la cara no hace más que aumentar esta sensación haciendo imposible la existencia de cualquier emoción confortable. La oscuridad de la noche se vuelve grisácea y entre esos espectros solitarios me encuentro yo: como uno más, volviendo a casa después de una noche que se esperaba corta. Hacía horas que mi cabeza soñaba con la protección de las sábanas, el corazón hace semanas que permanece congelado despertando sólo para revolverse en momentos muy concretos.

 

El deterioro es tal que decido acortar por las callejuelas más lúgubres sin importarme  nada más que dos sombras a las que llevo dos calles siguiendo. Antes de torcer por la calle que desembocará en mi casa una figura se acerca perpendicularmente, una figura extraña y dolorosamente reconocible. No tiene sentido -por la hora y el lugar- pero decido parar mi marcha y esperar, salir de dudas. Pasan pocos segundos y ya estamos demasiado cerca para no reconocernos y disimular lo contrario. En la calle nos vimos por primera vez, en la calle nos conocimos y en la calle me enamoró. Han pasado ya muchos meses desde entonces, nada es como antes. Ha pasado incluso el amor. Pero hay algo que se mantiene inmutable, una maldición que nos persigue hasta los rincones más insospechados, en las horas más intempestuosas: pase lo que pase no dejamos de tropezarnos, de encontrarnos sin buscarnos. Nos viene ocurriendo desde es el primer día y parece que ocurrirá hasta el último. O tal vez nos busquemos de forma inconsciente, quizá ambos tengamos cosas que contarnos todavía.

 

En mi interior conviven dos instintos que me torturan, uno que desearía abofetearle y otro que desearía besarle, no hay síntesis posible. Mi corazón resucita, sus latidos me impiden escuchar, pensar y hablar con claridad. Nos besamos con la misma sinceridad con la que Judas besó a Jesús de Nazaret. Cruzamos algunas palabras de cortesía, expreso mi descontento por haberle encontrado y acto seguido le invito –no hay síntesis posible-  a tomar una cerveza en algún lugar donde todavía no hayan echado el cierre. No acepta, por supuesto, su odio o su orgullo se lo impiden. Caminamos de nuevo, nos acompañamos aunque permanecemos en soledad. Paramos en un lugar lógico donde despedirnos, pero la conversación nos impide separarnos así que seguimos caminando. Nos paramos en lo que será nuestro punto de despedida definitiva, un lugar en el que en otras ocasionas ya nos despedimos. Y continuamos hablando, verdades de beodos más cortantes que el aire frío que nos envuelve. Pasa una hora pero podrían haber pasado cinco o ninguna, el tiempo y la distancia han dejado de existir. Tengo que esforzarme para contener las lágrimas, ¿de qué le sirve a un hombre salvar el mundo si es incapaz de salvar su alma? Le observo, me detengo en cada detalle y procuro escucharle con atención. Parece más delgado pero sigue igual, en realidad nada ha cambiado. O quizás ya nada siga igual. Los dos nos percibimos derrotados: los dos lo sabemos de nosotros y del otro. Lo noto en sus palabras, en su mirada, en el muro que intenta construir…

Es tarde, yo me hubiese quedado allí para siempre, imperturbable a las inclemencias del tiempo, la gente que pasaba y el tiempo que siempre acecha. Creo, que de alguna forma, todavía le quiero. Pero es tarde y nuestras camas, que una vez estuvieron calientes bajo nuestros cuerpos abrazados, nos esperan. Llego a casa sin saber cómo y durante toda la noche me despierto una y otra vez recordando que le encontré a las 5 y media.

relatosJuly 12, 2007 6:58 pm

Amanece en mitad de la nada, en un páramo que sería desierto a excepción de la mole que se erige a modo de antiguo coliseo coronado por una peineta de dimensiones exageradas. Un adorno a la española que le ha valido su apodo a un estadio hecho de cemento frío en obras inacabadas. Inacabadas hasta el 2016 o el 2020 si es necesario. Tras el desastre y la injusticia de 2012 Madrid parece destinada a ser la eterna candidata, el futuro que nunca llega.

El paisaje es casi desolador, angustioso por la lejanía. Aquí en estos días de sol no hay novedades ni cambios, algún día los habrá. La ciudad no para de crecer para acoger a los que vienen, venimos, buscando mayor libertad, oportunidades… Solo las grúas y las obras que se realizan con lentitud típicamente española aportan algo de movimiento. No hay prisa. A diferencia de otros lugares aquí uno tiene provocar el movimiento. Y si hay que hacerlo, se hace.

Si no fuera por el amanecer el paisaje sería poco estético. Pero cada mañana nace el sol y aparece tras la peineta, iluminando de forma espectacular un cielo azul como solo puede verse en plena meseta castellana. Lo feo se vuelve hermoso. 

Y mirando hacia atrás, en el horizonte, pueden verse las nuevas torres que desafían el perfil de un Madrid castizo y bullicioso. Torres que en otras ciudades resultarían graciosas por pequeñas. En comparación, claro.

Pero cada día amanece y con él nuevas oportunidades, desafíos y aventuras. La vida sigue siendo igual de apasionante.

Amanece en mitad de la nada, en un páramo que sería desierto a excepción de la mole que se erige a modo de antiguo coliseo coronado por una peineta de dimensiones exageradas. Un adorno a la española que le ha valido su apodo a un estadio hecho de cemento frío en obras inacabadas. Inacabadas hasta el 2016 o el 2020 si es necesario. Tras el desastre y la injusticia de 2012 Madrid parece destinada a ser la eterna candidata, el futuro que nunca llega.

El paisaje es casi desolador, angustioso por la lejanía. Aquí en estos días de sol no hay novedades ni cambios, algún día los habrá. La ciudad no para de crecer para acoger a los que vienen, venimos, buscando mayor libertad, oportunidades… Solo las grúas y las obras que se realizan con lentitud típicamente española aportan algo de movimiento. No hay prisa. A diferencia de otros lugares aquí uno tiene provocar el movimiento. Y si hay que hacerlo, se hace.

Si no fuera por el amanecer el paisaje sería poco estético. Pero cada mañana nace el sol y aparece tras la peineta, iluminando de forma espectacular un cielo azul como solo puede verse en plena meseta castellana. Lo feo se vuelve hermoso y madrugar se hace menos doloroso.

Y mirando hacia atrás, en el horizonte, pueden verse las nuevas torres que desafían el perfil de un Madrid castizo y bullicioso. Torres que en otras ciudades resultarían graciosas por pequeñas. En comparación, claro.

Pero cada día amanece y con él nuevas oportunidades, desafíos y aventuras. La vida sigue siendo igual de apasionante.

relatosJune 17, 2007 10:00 am

Era de noche cuando te vi. Después de un día agotador en la que la suerte parecía volver a caer de mi lado, la euforia me llevó a recorrer una vez más las calles de un Madrid que se resiste a dormir. Caminábamos cuando te vi y nuestras miradas se cruzaron en un instante fugaz en el que nuestro tiempo se detuvo mientras el mundo no dejaba de girar. Luego todo retornó a su orden y el ruido inundó de nuevo mis odios, y el tiempo volvió a correr para devolverme a la conversación interrumpida por aquel instante apasionante. Hay momentos breves que  resultan inolvidables y únicos por su intensidad, y aquel fue uno de esos.

Como en otras ocasiones unas miradas interceptadas en un momento canalla de la noche no hubiesen ido más allá si no hubiese sido porque horas después, y lejos de aquel lugar, nos volvimos a encontrar. Llevado por la noche madrileña y el alcohol terminé en una discoteca donde una sonrisa iluminaba la figura de quien resaltaba entre el gentío. Y fue entonces cuando te vi por segunda vez, y en ese mismo instante prometí no dejar escapar de nuevo una oportunidad.

Son coincidencias, oportunidades que no se pueden dejar escapar. Conocerte está resultando una aventura apasionante, un nuevo tramo de este camino hacia la felicidad.

Variedades, relatosApril 23, 2007 10:07 am

Durante tres días y cuatro noches de aquella primavera que hoy parece tan lejana viví un sueño que se hizo realidad en la ternura de sus palabras y el calor de su piel sobre la mía.

El deseo nos mueve y el amor nos desborda. Hasta aquella noche mi corazón permanecía helado desde mucho tiempo atrás. Creía que la capa que lo recubría lo había endurecido de forma que jamás volvería a bombear con la fuerza loca y ciega de antaño. Pero, caprichos del destino, él apareció en mi vida de la misma manera que algunos días después desaparecería: de improviso y sin buscarlo recordándome lo humano que soy, para bien y para mal. Porque si durante esos tres días y sus cuatro noches cada centímetro de mi piel vibró hasta erizar el último vello de mi cuerpo, tras la cima sólo quedó el vacío. Y el sufrimiento. Un sufrimiento que sólo el tiempo puede paliar pero que deja cicatrices que nunca desaparecerán.

Me creía sentimentalmente muerto, incapaz de volver a sentir y amar con locura y pasión para que todo permaneciese bajo un control frío y calculado que me permitiera controlar cualquier situación; manipularla a mi antojo y satisfacer mis pasiones sin correr peligro. Me equivocaba. Y, en parte, me alegro, pero el dolor es hondo y lacónico. Si me creía muerto resucité y volví a sentir la sinrazón de la humanidad que pensé superada para cuidar mi otrora maltratado corazón. Pero es mejor un corazón herido que no tener corazón.

Aquel idilio de primavera fue el producto de palabras hermosas y anhelos inspirados por las lecturas de aquellos días. La ficción escrita aparecía como la aventura propia que buscaba vivir y el destino quiso que conociese a un niño malo al que se le antojó vivir algunas travesuras conmigo. La novela se hizo realidad y la realidad terminó estallando en las ilusiones rotas del niño bueno. En ocasiones es peligroso esperar que nuestros deseos se hagan realidad porque pueden llegar a cumplirse.

Y si resulta peligroso jugar con nuestros deseos peor es jugar con el amor –si es que así puede llamársele- que nos desborda hasta el descontrol y nos abandona a la locura. Como en la novela nos reencontraremos en otros lugares y en otras situaciones. Y en los segundos que robemos al día y en las noches que bailemos bajo las estrellas compartiremos de nuevo algunas travesuras. Y al final sólo quedará su recuerdo. Su recuerdo y un profundo sufrimiento que al mismo tiempo es dichoso por hacerme sentir tan vulnerablemente humano y tan capaz de volver a sentir sin límites.

 

 


Relato dedicado a mi niño malo y a la niña buena que es princesa destronada en su inmortal anhelo de compartir su reino con su niño malo, malísimo. Perseguirlos es lo que nos da vida y sentido.

relatosMay 10, 2006 9:12 pm

Hace mucho tiempo en un país muy lejano vivía una princesa que todo cuanto podía desear tenía. Pero todos aquellos objetos materiales que podía adquirir no eran lo más importante que poseía en la vida pues además su familia la quería con locura, sus amigas escuchaban sus problemas, vivían aventuras juntas y disfrutaban de todo lo bueno de la vida.

Pero un día la feliz princesa fue de excursión con sus amiguitas por uno de los bosques más hermosos y frondosos del país. En aquel lugar el aire que se respiraba era fresco y purificaba el cuerpo con cada inhalación. Lo estaban pasando en grande cuando la princesita vio como revoloteaba por entre los arbustos la más bella de las mariposas que nunca había visto, sus alas se batían con gracilidad, veloces pero con una delicadeza exquisita. Tampoco los colores y formas de los dibujos de sus alas eran comunes, su rareza exótica y sus colores brillantes eran seguramente únicos en todo el mundo. Todas sus amigas la vieron pero sólo ella fue capaz de apreciar su verdadera belleza, todas la dibujaron en sus cuadernos para llevarlas y enseñarlas en casa. Pero nuestra princesita no, ella simplemente la observó y se deleitó. Fue un momento mágico en que su hermosura y esencia que la hacían única la absorbió por completo.

Entre risas, juegos y conversaciones pasaron el día entero en aquel lugar increíble. Pero empezó a anochecer y debían volver a casa antes de que la oscuridad pudiese extraviarlas. Volvieron alegres menos la princesa que también volvía en cuerpo pero no en alma, pues su extravío no era producto de la oscuridad sino de la melancolía por  tenerse que separar de aquel ser maravilloso que había encontrado. Volvía cabizbaja y pensativa, sin fuerza en las palabras que pronunciaba. Sus amigas creyeron que era culpa del cansancio y el esfuerzo realizado durante el largo viaje.

Los días pasaron y su pena lejos de alejarse fue creciendo a medida que pasaba cada minuto. Sin ganas y sin apetito de nada fue dejando sus responsabilidades de lado, los juegos ya no le divertían y nada le entretenía. Lo peor de todo es que nadie podía comprender el origen de su terrible enfermedad, lo que a los ojos de cualquiera parecía que debía ser algo pasajero y trivial para ella era causa de felicidad o hundimiento emocional. Porque así es como se sentía, hundida y atrapada en la profundidad de un pozo húmedo y oscuro del que nadie podía sacarla, por incapacidad a veces o por no ser conscientes de la profundidad del pozo, creían que unos escalones le facilitarían la salida. Pero esos escalones no existían. Y eso aumentaba su soledad y la alejaba más del mundo que la rodeaba.

Ese malestar sentimental se calmaba sólo cuando veía a su anhelada mariposa revolotear cerca del ventanal de su habitación, era entonces cuando la sangre volvía a recorrer cada centímetro de su cuerpo y recuperaba la fuerza necesaria para sonreír y correr hasta el balcón. Allí la volvía a observar y apaciguaba su alma, hasta que volando como había llegado se volvía a marchar. Pues como todo el mundo sabe las mariposas son animalitos vivos y libres que por mucho que deseemos nunca podremos retenerlos a nuestro lado.

                             

Por desgracia a esos días de felicidad momentánea le seguían noches de terror. Porque su recuerdo y esperanza provocaban en sus sueños las más inolvidables y sensacionales fantasías junto a su deseada mariposa. Pero al despertar la realidad de aquella naturaleza arrancaba su felicidad devolviéndola al más doloroso  e incurable de los males que había sufrido hasta aquellos días. Las nauseas, el malestar general, el llanto sin explicación aparente, la dejadez y el desamparo volvían una y otra vez.

Y en este estado de precariedad emocional pasaron días, semanas,  meses e incluso años. Hasta que un día tomó la decisión que tanto miedo le causaba. Sin decir nada a nadie y sin dar señales de nada, cuando volvió a ver a su querida mariposa corrió hacia el ventanal que estaba abierto de par en par para lanzarse al vacío. En aquel instante el tiempo y el espacio se detuvieron, la mariposa continuó batiendo sus alas y la princesa hizo lo mismo con sus brazos. Los espasmos iniciales con los que movía sus pequeños brazos se convirtieron en un baile que poco a poco fue acompañando al de la mariposa hasta llegar a una sincronización perfecta y fue entonces cuando las dos, juntas y emocionadas, reemprendieron un vuelo que las llevaría a la felicidad y la eternidad.

Sólo entonces el tiempo y el espacio recobraron la normalidad perdida. Sus padres y amigos acudieron a la habitación donde encontraron una cama vacía y el ventanal abierto por done entraba la luz más brillante y blanca que nunca habían visto y sentido. Porque aquella luz era tan poderosa que podía sentirse. Pero la princesa ya no estaba. Nunca supieron lo que ocurrió porque nunca llegaron a comprenderla. Lloraron su pérdida sin entender que por fin había curado todos sus males y conseguido todo cuanto anhelaba.

relatosMay 5, 2006 5:05 am

Mirar hacia delante y nunca atrás, resurgir tras las caídas y retomar el camino con más fuerza y seguridad. Ese es el lema que me enseñaron.

A veces es difícil se coherente y sincero con uno mismo, los consejos son fáciles de dar, agradables de recibir pero casi imposibles de llevarlos a la práctica.

Hoy termina el viaje que me ha llevado durante un año a recorrer lugares que jamás pensaba visitar, a renunciar a uno mismo por otros, a cometer errores y equivocaciones. Y todo para llegar al mismo punto desde el que inicié mi viaje.

          

He vivido por y para; he soñado con los ojos abiertos y cerrados. Y aunque la carga que soportaba no me ha impedido explorar otros caminos si que me ha impedido abrazar algún atisbo de felicidad que sólo ha llegado a ser real en los sueños y esperanzas –el último hace unos pocos días- pero nunca en la realidad.

Hoy creo poder escribir que superada la prueba final y definitiva que me impuse, como ya hice en un caso similar, soy capaz de olvidar y seguir otros caminos. Espero que las palabras que escribo trasciendan a la retórica y se conviertan en el principio rector de mi conducta que no pasa por sus mejores momentos además de contar con el añadido malévolo de los efectos anestésicos y depresivos que debo soportar. 

Espero como en otras ocasiones salir victorioso.

relatosApril 20, 2006 5:05 am

Hacía tiempo que los sueños y pesadillas se habían apiadado de mi y me habían dejado descansar tranquilamente. Hasta ayer.

Ayer noche mientras dormía el recuerdo del pasado mezclado con mis anhelos más profundos volvieron a mezclarse entre la realidad y la imaginación para atormentar mi sueño. Mientras caminaba mi mente volaba a un mundo de consciencia en el que me encontraba caminando entre la multitud, una multitud alborotada pero a la vez silenciosa. Silenciosa por mi paso, alborotada entre sí por las diferentes conversaciones y miradas que dirigían. Nada especial ocurría mientras caminaba hacía un destino desconocido cuando los rostros empezaron a presentarse ante mi como cercanos y conocidos. Su rostro volvía a iluminar las caras de todos aquellos desconocidos, en cada facción reconocía algún detalle que me recordaba a él; desde su mirada intensa y juvenil pasando por su sonrisa agradecida o su nariz hasta el tono de su piel. A cada facción reconocida dirigía mi mirada y mis suspiros para desencantarme al comprobar que sólo algún detalle coincidía con el modelo original. 

 

A pesar de la decepción continua una y otra vez volvía a examinar con mi mirada aquellos rostros que podían resultar ser el suyo. Sabía que él no podía estar allí, que se encontraba lejos y que muy difícilmente algún día podría encontrarle entre aquellos rostros. Pero esa certeza no eliminaba mi ansia por encontrarle mi esperanza ciega.

Luego desperté y comprobé desilusionado que me encontraba sólo en mi amplio colchón sin su abrazo fuerte y su respiración profunda que tanto placer y tanta tranquilidad me dieron en el pasado. El sueño había terminado y tras él sólo quedaban mi llanto y mi desolación.

relatosMarch 14, 2006 1:00 pm

PARTE I

Incluso en aquel mes caluroso, uno de los más calurosos y húmedos que se recordaban, llegó tarde. Esperó hasta el último momento. Unos dijeron que la comodidad de la matriz en la que habitaba le animaba a permanecer frente al sudor y el estupor de lo imprevisible, otros anunciaron que el niño que venía no sería amigo del trabajo y la rapidez. Seguramente ninguno acertó pero lo cierto es que tras la fecha esperada de su nacimiento sólo los más pacientes pudieron darle la bienvenida, llegaba por primera vez y ya lo hacía con retraso.
Pero esa tardanza no sería la última sino la primera de muchas otras que le siguieron pues su nacimiento pareció marcar lo que sería una faceta inherente a su personalidad y la fatalidad de todo su ser.
Aquel chico creció, pero lo hizo tan lentamente que también pareció llegar tardíamente a la edad adulta. Aquel proceso fue tan lento e inapreciable que en el futuro de su vejez pervivieron la juventud y vitalidad ficticias de quien no tiene prisa por avanzar. Ese llegar tarde que se confundía con el llegar antes de hora, un hombre desubicado en el tiempo que nadie podría situar con exactitud, para algunos hubiese vivido cómodamente en siglos pasados mientras que para otros era un avanzado a su tiempo, un visionario incapaz de encontrar asiento en la mediocridad del presente. Era ese anhelo por el futuro que jamás llegaba el hecho que marcaba su carácter, la inclinación hacia el sueño inexistente por avanzado lo que le daba un aire pasado e inadaptado al presente, un presente que escapaba entre sus dedos.
Siempre llegaba tarde porque no vivía en el presente sino proyectado hacia un futuro que traspasaba la línea del tiempo y conectaba con el pasado. Siempre llegaba tarde porque no funcionaba con el mismo reloj que el resto de sus semejantes, cuando los otros llegaban a su hora y según lo previsto él faltaba. Pero faltaba porque ya desde pequeño inició un camino que pocos podían sentir y prever, un camino que iba más allá pero que a los ojos y demás sentidos de aquellos que le acompañaron en vida era inexistente.

relatosFebruary 26, 2006 11:35 pm

Era febrero, una mañana seca y fría, castellana. Había nevado durante la noche más gélida que vio Madrid en aquel invierno, el cielo era de un azul claro vibrante, el sol lucía en todo su esplendor. En el mediterráneo los almendros ya estaban en flor.

Paseaba sin rumbo afligido por diversos acontecimientos que habían vaciado mi esperanza, necesitaba caminar y sentirme vivo. El rumbo incierto me llevó hasta uno de los lugares donde el aire corre más frío y veloz en toda la villa, un lugar de larga historia testigo de antiguas monarquías, repúblicas y dictaduras. Las pétreas figuras de antiguos reyes y gobernantes rendían honores a los que como yo se atrevían a cortar con su presencia la soledad y el silencio que produce el frío, sólo roto por el deshielo de la nieve que cubre los tejados cubiertos y los tejos y magnolios adornados por el blanco puro y virginal.

Sentía como las miradas cómplices de las parejas que por allí pasaban se paraban en quien deambulaba lento por los jardines, yo. Miradas de extrañeza y curiosidad más frías e inhumanas incluso que las de las estatuas que también observaban, éstas impasibles y eternas. La fuente que adornaba el centro de los jardines añadiéndoles grandiosidad y belleza permanecía quieta, su agua congelada no brollaba de los regueros. Metáfora helada del palpitar también congelado de mi corazón.

Decidí parar y apoyarme en uno de aquellos déspotas de mármol que pararían las corrientes de frío que a un hombre criado en el mediterráneo, húmedo y cálido, ya costaban soportar. Fue entonces, al levantar la mirada que había quedado fijada en el suelo, cuando le vi. Él apareció en aquella mañana de brisa áspera y luz pura, olía a nieve. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, desde el dedo más alejado hasta la punta del último pelo de mi cabello, cuando sentí su presencia tan cercana aunque desconocida. De mirada tímida pero alegre, sonrisa contundente y generosa con los demás, cuerpo esbelto pero bien construido -mejor incluso que aquellas estatuas que fueron modeladas en mármol por los griegos clásicos- caminaba pausadamente pero a buen ritmo, casi rápido. Sólo también.

Un instante mágico en el que el deseo se confundió con la realidad, su mirada se dirigió hacia mi figura y paró su caminar. La excusa de la hora devino en una conversación sobre la cotidianidad rutinaria, una conversación típica de ascensor. Pero él olía a nieve.

Sin saber cómo y cuándo nuestro paso, hasta el momento quieto, comenzó a avanzar lentamente, esta vez acompañado por el de un igual. Sin explicitarlo habíamos convenido romper nuestra soledad y el silencio de la mañana. Su cercanía y compañía me embriagaron en cuestión de minutos, tal vez me enamoré entonces o quizás me enamoré al verle caminando por primera vez, lejos y en silencio.

Había ocurrido, al acercarnos el calor que desprendía su presencia y la ternura de sus palabras calmaron el entumecimiento de mis huesos, la escarcha que cubría nuestros hombros se desvanecía por el gélido calor que desprendía aquel sol gigante que adornaba los cielos y el corazón encontraba consuelo en el desconocido. Hay veces en las que es necesario confiar en los desconocidos. Y aquel, además, olía a nieve.

Aquello sólo fue el inicio de una historia que, como toda historia, llega a su final. Como el invierno que se cubre por la explosión floral de árboles y plantas que colorean la ciudad mientras las aves elevan cantos que pueden ser escuchados desde el amanecer con la primavera.

Y a la primavera le sigue la frugalidad del verano caluroso y delirante en el que el olvido se hace presente. Pero más tarde llegará el invierno de nuevo, y con él el recuerdo. Él olía a nieve.

dedicado a quien un día olió a nieve