No sé si les conté que en una noche loca perdí un calcetín, se preguntarán con razón pero, ¿cómo se puede perder un solo calcetín? Lo ignoro, no me acuerdo. Pero el hecho es que al despertarme en cama ajena la búsqueda del calcetín por toda la casa resulto del todo infructuosa. Ni él ni yo fuimos incapaces de encontrarlo. Volví a quedar con el chico pero los recuerdos borrosos de aquella noche, unas anginas de diploducus y un calcetín desparejado terminaron por hacer mella y, pocas semanas después, dejé de contestar los mensajes. De hecho me fui de viaje avisando sólo cuando ya había aterrizado. Fui un cabrón.

Esta retrospectiva viene a cuento porque al plegar la ropa en casa he vuelto a perder otro calcetín. ¿Cómo? No lo sé, estaban los dos cuando los metí dentro de la lavadora y ahora ni rastro de uno de llos. No comprendo como en una casa pequeña con pocos muebles puede llegar a perderse un calcetín. Yo he conseguido el milagro, aunque echando la vista atrás parece más una maldición.