Ni los cambios ni el tiempo han conseguido que olvide. Creo que ya me he resignado que allí donde vaya su fantasma me perseguirá. Hay ocasiones en las que es difícil no creer en el destino.
El otro día cogía un vuelo que se suponía corto y rutinario, un vuelo nacional de menos de una hora de duración. Pero sin saber muy bien como me encontré en un 767 de esos que tienen tres filas de asientos y en la que sus ocupantes tienen un acento caribeño perfectamente reconocible. A pesar de que hace tiempo que no nos encontramos por casualidad, que era la forma en que siempre se cruzaban nuestros caminos, se hizo presente a su forma en todo el trayecto. Sé muy bien de donde venían, quienes eran. Cada día descubro esas coincidencias asombrosas que me impresionan y me incitan a emprender un viaje no a los orígenes, que ya los conozco, sino a descubrir lo que nos une. Que es mucho más de lo pensé y que paso a paso que voy descubriendo me maravilla.
De esta forma, lo cotidiano se hizo extraordinario y no conseguí evadirme a pesar de estar sobre las nubes a no sé cuantos pies de altura. Y el recuerdo, el recuerdo del que no logro deshacerme todavía me persigue.
De día y de noche, caminando o volando, incluso bajo el mar. No son pocas las ocasiones en que me visita en sueños o mi cabeza se desconcentra y vuelve su mirada hacia él durante la vigilia. Ni siquiera otros cuerpos, más negros, más blancos, más dulces, más suaves, parecidos o diferentes borran la idealización que todavía conservo. Pero mucho más, palabras más cariñosas, mentes más inteligentes o personalidades más estrictas permiten que deje de compararlas con la suya. Una personalidad totalizadora, inigualable en ambición y curiosidad, un devorador de almas que me vampirizó hasta suplantar la mía reduciéndome a lo que hoy queda de mi: un recuerdo, un esclavo del pasado atormentado por sus fantasmas.
En el fondo sé que ya no podría ser. Entre las sábanas y los sorbos de café le busco pero nunca le encuentro. Cuando descubro su esencia en la calle miro alrededor pensando encontrar su mirada serena pero severa. Nunca está ahí porque en realidad soy consciente de que no está fuera sino dentro de mí. En parte soy él y ya no encuentro sosiego en los otros salvo en mi soledad. Una soledad liberadora que me ha hecho más fuerte e independiente. Soy libre.
Felicidades.