Dice la canción que después de un invierno malo, una mala primavera aunque yo no creo ni en la suerte ni en el destino. El invierno no ha sido malo y la primavera promete ser la continuación de un desafío apasionante.
Pero hay veces que nuestra ambición se desborda, la soberbia nos supera y la noción de la realidad termina por alejarse. De ahí la necesidad de los golpes duros que de improviso nos da la vida, en muchas ocasiones patadas marrulleras que nos ponen contra las cuerdas y a punto están de producirnos un K.O. en toda regla.
Y es que el exceso de una ambición legitima y necesaria puede terminar por llevar hasta extremos insospechados la vanidad de uno. Pero ya se ocupa la vida de ajarla como el antiguo esclavo que sujetaba la corona de laurel mientras recordaba incesantemente a su portador memento moris. Aunque nada tenga que ver.
Por segunda vez he vuelto a nacer, no sé cuan cerca he estado pero uno tiene la sensación de vivir en el tiempo de descuento y se ve obligado a hacer que las cosas valgan la pena y dejar de desperdiciar el tiempo. Pero todo tiene su límite, forzar la máquina puede causar estragos y este es un buen recuerdo. No obstante quien no arriesga no gana.
Aprovechar el tiempo y dar sentido a la vida de uno y sus semejantes. No hay tiempo para lamentarse, no hay tiempo para dar pasos atrás y dejar de dar todas las batallas. Sólo así, triunfaremos. Gana el que perversa.
Una sonrisa, una mirada, un amanecer o llevar la libertad a los oprimidos. Apenas hay diferencias. Pero hay que aprovechar el tiempo y no dejar pasar las oportunidades, no permitir que un silencio sea más humillante que una palabra o que una palabra hiriente destroce un silencio preciado.
Respice post te! Hominem te esse memento!

