Cuando llego todos saben que la noche ha caído, que es hora de recogerse y volver a su intimidad. Yo funciono al revés. Una vida de crápula que no lleva a nada bueno pero en la que encuentro alguna que otra satisfacción.
Una de esas ocurrió una de estas noches pasadas –no pregunten cuál, no lo recuerdo, confundo los miércoles con los jueves y los domingos con los lunes- caminaba de madrugada por la calle cuando encontré un pequeño tesoro: una caja repleta de viejos libros, todos clásicos. Y como el ladrón con sigilo seleccioné los mejores y los que podía transportar yo solo. Pero la noche no terminó ahí, llegué hasta un bar de esos que deberían haber cerrado pero que casualmente la puerta se entreabre para dejar pasar un rayo de luz, algo de música y, en el suspiro, colarme en su interior.
Dentro, unos pocos afortunados que, convocados por el pecado, se arremolinaban en torno a dos cubanos que cantaban y entonaban algunas canciones. Sobre el desamor, la esperanza, la indeferencia o el odio. No acierto a reproducir una melodía o estrofa más allá de algún verso suelto. Nada queda de aquella noche, tan sólo el recuerdo vago pero cierto. El haberlo vivido, que no es poco.
Después de unas cuantas canciones, palmas, coros, humo, drogas y copas los artistas se fueron con la música a otra parte. Cualquier otra parte mucho más lúgubre que la nuestra. Allí quedamos pocos, un chico que dijo ser español pero que no era también se fue. Hacía tiempo que iba y venía, entre canción y canción Morfeo lo acogía en sus brazos. Lo mismo le ocurría al misterioso dueño del garito. Tumbado en los bancos dormitaba, si acaso cuando se levantaba también lo hacía. La gorra le tapaba los ojos, quizás cerrados en todo momento. Sus manos eran viejas de haber trabajado la tierra, no había servido copas toda la vida. Copas que ahora servía en un local que era la bodega de un barco, se olía en la madera. Incluso se sentían los naufragios de la vida. Y ese barco iba y venía, trasunto de la vida.
Se hizo tarde, o pronto. Salimos y al abrir las puertas de la oscura madriguera la luz terminó de embriagarnos. Era de día, un nuevo día que para mí es noche. ¿Se lo he dicho? Todo sin moverme de Madrid, aunque no me cabe duda de que escondidos como polizones en aquella bodega viajamos desde Madrid hasta la Habana.