Cada noche siento tu ausencia, cada noche tardo en quedarme dormido mientras espero inconscientemente que suene la melodía que me avisaba de tu llamada. Esa llamada nocturna y diaria que se había convertido en tradición con la que uno se sentía querido, necesitado, acompañado en la soledad de las sábanas frías. Pero ya nunca volverá a sonar.

 

 Ahora sólo queda el silencio, el recuerdo del tacto de tu piel, del sonido de tu respiración al ritmo de la mía en una profunda comunión de sinceridad y confianza reconfortante. El silencio de la noche es ahora un temor inconfesable, un llanto continuo por el anhelo de lo que fue y ya no será jamás. No hay tampoco paz ni sosiego en la mirada de los otros; sus caricias hieren mi sensibilidad; sus labios profanan los tesoros a los que sólo tú tenías derecho.

 

Hasta que tu recuerdo desaparezca de la misma forma en que apareciste, hasta que sea capaz de asumir una decisión ajena que tan solo puedo limitarme a aceptar, hasta que me reconcilie conmigo mismo no volveré a encontrar mi camino, la paz conmigo mismo y con el mundo. Ayer, por fin y después de dos semanas infernales, conseguí dormir y descansar toda la noche. Llevaba más de 30 horas sin hacerlo.