Todavía los rayos de Sol castigaban el final del verano cuando conocí a Luís Margol. Nos conocimos gracias a la red de redes, unidos por intereses y gustos coincidentes que unidos a la curiosidad nos llevaron a encontrarnos poco después de mi vuelta a Madrid. Nunca olvidaré su figura sentada en una posición de superioridad que infundía respeto sólo quebrantado por sus pantalones cortos, sandalias y camisa floreada (Margol se jacta en público y en privado de no repetir camisa jamás). Aquél día comía un bocadillo mientras robaba minutos perdidos, pues si algo le caracteriza es su hiperactividad inagotable que le lleva a estar en varios lugares a la vez y desdoblarse creando la ilusión de ser dos hombres diferentes en un solo cuerpo. Una hiperactividad que unida a su posición firme e irrenunciable contra cualquier forma de totalitarismo o actitud liberticida, le convierten en una de las personas más apasionadas y comprometidas con la causa de la Libertad de todas cuanto conozco. No he conocido mayor vehemencia y sabiduría unidas en uno sólo dedicadas a hacer el bien. Les aseguro que no estoy exagerando. Sus conocimientos son enciclopédicos en innumerables materias lo que han hecho de él no sólo un amigo sino un maestro de los de antes, alguien en quien fijarse y aprender, día a día. Quizás un poco despistado, pero esa es una característica de todos los genios.

En un día especial para él como hoy –y no día28- quiero dedicarle este comentario, muestra de aprecio y admiración.


Gracias Luís.