Era de noche cuando te vi. Después de un día agotador en la que la suerte parecía volver a caer de mi lado, la euforia me llevó a recorrer una vez más las calles de un Madrid que se resiste a dormir. Caminábamos cuando te vi y nuestras miradas se cruzaron en un instante fugaz en el que nuestro tiempo se detuvo mientras el mundo no dejaba de girar. Luego todo retornó a su orden y el ruido inundó de nuevo mis odios, y el tiempo volvió a correr para devolverme a la conversación interrumpida por aquel instante apasionante. Hay momentos breves que  resultan inolvidables y únicos por su intensidad, y aquel fue uno de esos.

Como en otras ocasiones unas miradas interceptadas en un momento canalla de la noche no hubiesen ido más allá si no hubiese sido porque horas después, y lejos de aquel lugar, nos volvimos a encontrar. Llevado por la noche madrileña y el alcohol terminé en una discoteca donde una sonrisa iluminaba la figura de quien resaltaba entre el gentío. Y fue entonces cuando te vi por segunda vez, y en ese mismo instante prometí no dejar escapar de nuevo una oportunidad.

Son coincidencias, oportunidades que no se pueden dejar escapar. Conocerte está resultando una aventura apasionante, un nuevo tramo de este camino hacia la felicidad.