Un viernes apacible y ocupado anocheció con el sobresalto de una llamada deseada pero inesperada. Su voz irrumpió en mi mente distraída para devolverme la ilusión de la inocencia inconsciente, una voz que embauca a las serpientes y quien la escucha creando un mundo de palabras y frases sensibles que se destruyen al colisionar con la dolorosa realidad. Desde aquel mismo momento los sueños volvían a construirte al mismo tiempo que intuía y ocultaban la tormenta que se avecinaba. De menos a más a un viernes desternillante, creativo e instructivo llegó un sábado de preparativos y propuestas de futuro que se construían sobre la más absoluta nada. Y el sábado cuesta abajo en una noche que se alargaría hasta la noche siguiente sin dormir ni descansar para ser descubierto por truenos y rayos de la tormenta que se auguraba pero no se quería reconocer. Un tormenta que se hizo diluvio en una tarde de un mayo caluroso de noches de terrazas confortables.

Pero es en la más oscura de las noches y el más tenebroso de los días cuando las decepciones se materializan y la humillación es pública y notoria brillan con más luz las almas buenas que nos acompañan y ayudan sin las que sería imposible seguir remando y achicando agua por muy destructiva que parezca la tormenta. No hay caídas, solo lecciones.