Durante tres días y cuatro noches de aquella primavera que hoy parece tan lejana viví un sueño que se hizo realidad en la ternura de sus palabras y el calor de su piel sobre la mía.

El deseo nos mueve y el amor nos desborda. Hasta aquella noche mi corazón permanecía helado desde mucho tiempo atrás. Creía que la capa que lo recubría lo había endurecido de forma que jamás volvería a bombear con la fuerza loca y ciega de antaño. Pero, caprichos del destino, él apareció en mi vida de la misma manera que algunos días después desaparecería: de improviso y sin buscarlo recordándome lo humano que soy, para bien y para mal. Porque si durante esos tres días y sus cuatro noches cada centímetro de mi piel vibró hasta erizar el último vello de mi cuerpo, tras la cima sólo quedó el vacío. Y el sufrimiento. Un sufrimiento que sólo el tiempo puede paliar pero que deja cicatrices que nunca desaparecerán.

Me creía sentimentalmente muerto, incapaz de volver a sentir y amar con locura y pasión para que todo permaneciese bajo un control frío y calculado que me permitiera controlar cualquier situación; manipularla a mi antojo y satisfacer mis pasiones sin correr peligro. Me equivocaba. Y, en parte, me alegro, pero el dolor es hondo y lacónico. Si me creía muerto resucité y volví a sentir la sinrazón de la humanidad que pensé superada para cuidar mi otrora maltratado corazón. Pero es mejor un corazón herido que no tener corazón.

Aquel idilio de primavera fue el producto de palabras hermosas y anhelos inspirados por las lecturas de aquellos días. La ficción escrita aparecía como la aventura propia que buscaba vivir y el destino quiso que conociese a un niño malo al que se le antojó vivir algunas travesuras conmigo. La novela se hizo realidad y la realidad terminó estallando en las ilusiones rotas del niño bueno. En ocasiones es peligroso esperar que nuestros deseos se hagan realidad porque pueden llegar a cumplirse.

Y si resulta peligroso jugar con nuestros deseos peor es jugar con el amor –si es que así puede llamársele- que nos desborda hasta el descontrol y nos abandona a la locura. Como en la novela nos reencontraremos en otros lugares y en otras situaciones. Y en los segundos que robemos al día y en las noches que bailemos bajo las estrellas compartiremos de nuevo algunas travesuras. Y al final sólo quedará su recuerdo. Su recuerdo y un profundo sufrimiento que al mismo tiempo es dichoso por hacerme sentir tan vulnerablemente humano y tan capaz de volver a sentir sin límites.

 

 


Relato dedicado a mi niño malo y a la niña buena que es princesa destronada en su inmortal anhelo de compartir su reino con su niño malo, malísimo. Perseguirlos es lo que nos da vida y sentido.