Hace un año, una mañana de domingo como la de hoy, escribía sobre el extraño robo de una hora de nuestras vidas. La pasada noche volvió a ocurrir. Sé que dentro de unos meses nos la devolverán pero este robo, con nocturnidad y alevosía, se me antoja muy injusto. Nada podemos hacer, salvo aprovechar las restantes que nos quedan.
De hoy a aquella mañana de domingo han cambiado tantas cosas. Un año que, echando la vista atrás, parece una eternidad y poco se parece lo que veía a través de mi ventana de lo que ahora veo.
Ayer unos ojos me enamoraron. Termino como terminé hace un año: Acordaros de adelantar una hora vuestros relojes, sino robaréis una hora a alguien sin querer. ¿Y para qué robarla cuando se puede regalar?