Hace mucho tiempo en un país muy lejano vivía una princesa que todo cuanto podía desear tenía. Pero todos aquellos objetos materiales que podía adquirir no eran lo más importante que poseía en la vida pues además su familia la quería con locura, sus amigas escuchaban sus problemas, vivían aventuras juntas y disfrutaban de todo lo bueno de la vida.

Pero un día la feliz princesa fue de excursión con sus amiguitas por uno de los bosques más hermosos y frondosos del país. En aquel lugar el aire que se respiraba era fresco y purificaba el cuerpo con cada inhalación. Lo estaban pasando en grande cuando la princesita vio como revoloteaba por entre los arbustos la más bella de las mariposas que nunca había visto, sus alas se batían con gracilidad, veloces pero con una delicadeza exquisita. Tampoco los colores y formas de los dibujos de sus alas eran comunes, su rareza exótica y sus colores brillantes eran seguramente únicos en todo el mundo. Todas sus amigas la vieron pero sólo ella fue capaz de apreciar su verdadera belleza, todas la dibujaron en sus cuadernos para llevarlas y enseñarlas en casa. Pero nuestra princesita no, ella simplemente la observó y se deleitó. Fue un momento mágico en que su hermosura y esencia que la hacían única la absorbió por completo.

Entre risas, juegos y conversaciones pasaron el día entero en aquel lugar increíble. Pero empezó a anochecer y debían volver a casa antes de que la oscuridad pudiese extraviarlas. Volvieron alegres menos la princesa que también volvía en cuerpo pero no en alma, pues su extravío no era producto de la oscuridad sino de la melancolía por  tenerse que separar de aquel ser maravilloso que había encontrado. Volvía cabizbaja y pensativa, sin fuerza en las palabras que pronunciaba. Sus amigas creyeron que era culpa del cansancio y el esfuerzo realizado durante el largo viaje.

Los días pasaron y su pena lejos de alejarse fue creciendo a medida que pasaba cada minuto. Sin ganas y sin apetito de nada fue dejando sus responsabilidades de lado, los juegos ya no le divertían y nada le entretenía. Lo peor de todo es que nadie podía comprender el origen de su terrible enfermedad, lo que a los ojos de cualquiera parecía que debía ser algo pasajero y trivial para ella era causa de felicidad o hundimiento emocional. Porque así es como se sentía, hundida y atrapada en la profundidad de un pozo húmedo y oscuro del que nadie podía sacarla, por incapacidad a veces o por no ser conscientes de la profundidad del pozo, creían que unos escalones le facilitarían la salida. Pero esos escalones no existían. Y eso aumentaba su soledad y la alejaba más del mundo que la rodeaba.

Ese malestar sentimental se calmaba sólo cuando veía a su anhelada mariposa revolotear cerca del ventanal de su habitación, era entonces cuando la sangre volvía a recorrer cada centímetro de su cuerpo y recuperaba la fuerza necesaria para sonreír y correr hasta el balcón. Allí la volvía a observar y apaciguaba su alma, hasta que volando como había llegado se volvía a marchar. Pues como todo el mundo sabe las mariposas son animalitos vivos y libres que por mucho que deseemos nunca podremos retenerlos a nuestro lado.

                             

Por desgracia a esos días de felicidad momentánea le seguían noches de terror. Porque su recuerdo y esperanza provocaban en sus sueños las más inolvidables y sensacionales fantasías junto a su deseada mariposa. Pero al despertar la realidad de aquella naturaleza arrancaba su felicidad devolviéndola al más doloroso  e incurable de los males que había sufrido hasta aquellos días. Las nauseas, el malestar general, el llanto sin explicación aparente, la dejadez y el desamparo volvían una y otra vez.

Y en este estado de precariedad emocional pasaron días, semanas,  meses e incluso años. Hasta que un día tomó la decisión que tanto miedo le causaba. Sin decir nada a nadie y sin dar señales de nada, cuando volvió a ver a su querida mariposa corrió hacia el ventanal que estaba abierto de par en par para lanzarse al vacío. En aquel instante el tiempo y el espacio se detuvieron, la mariposa continuó batiendo sus alas y la princesa hizo lo mismo con sus brazos. Los espasmos iniciales con los que movía sus pequeños brazos se convirtieron en un baile que poco a poco fue acompañando al de la mariposa hasta llegar a una sincronización perfecta y fue entonces cuando las dos, juntas y emocionadas, reemprendieron un vuelo que las llevaría a la felicidad y la eternidad.

Sólo entonces el tiempo y el espacio recobraron la normalidad perdida. Sus padres y amigos acudieron a la habitación donde encontraron una cama vacía y el ventanal abierto por done entraba la luz más brillante y blanca que nunca habían visto y sentido. Porque aquella luz era tan poderosa que podía sentirse. Pero la princesa ya no estaba. Nunca supieron lo que ocurrió porque nunca llegaron a comprenderla. Lloraron su pérdida sin entender que por fin había curado todos sus males y conseguido todo cuanto anhelaba.