En estos días en que la Iglesia quiere imponerse al poder civil, en estos tiempos en los que los homosexuales no son bienvenidos en los seminarios, en estos tiempos en los que las leyes y parte de la sociedad es tolerante con los gays, en estos tiempos de procesiones con sus pecadores encapuchados y vírgenes misericordiosas yo mantengo una impostura:

 Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. (Juan 19, 26-27).

Pedro se vuelve y ve siguiéndoles detrás, al discípulo a quién Jesús amaba, que además durante la cena se había recostado en su pecho y le había dicho: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?» (Juan 21, 20)

En sus propios libros que sirven para condenarnos moralmente se hace una alegoría expresa y sin tapujos al amor que existe entre dos hombres. Dos hombres que no son cualesquiera del relato bíblico sino que se trata del propio Jesús, el Dios hecho hombre, y uno de sus discípulos. El amor es tan profundo que llega hasta llegarlo a hacer incluso hijo adoptivo de su propia madre.

Lo que me recuerda alguno de los hermosos versos de Raimundo Lulio:

26.   Cantaban los pájaros al alba, y despertóse el amigo, que es el alba; y los pájaros acabaron su canto, y el amigo murió por el Amado en el alba.

27.   Cantaba el pájaro en el vergel del Amado. Llegó el amigo, que dijo al pájaro-Si no nos entendemos por el lenguaje, entendámonos por amor; porque en tu canto se representa a mis ojos mi Amado.