Esconder la verdad y retorcer las palabras hasta mentir se convierte en un juego peligroso en el que continuamente se bordea el hallazgo de la verdad escondida. Esconder una parte sustancial de uno mismo no resulta sencillo pero es necesario para conjugarlo con la lealtad y el respeto que algunos te piden, pero esos unos no entienden que negando una parte del yo se niega su totalidad.

Es en ese juego donde uno a veces encuentra barricadas y se acorrala sólo, aunque suele salir al paso con alguna expresión afortunada que en lugar de negar la evidencia la transforma para ponerla a su servicio y sin faltar a la verdad hacer entender lo contrario al interlocutor. Hay quien es maestro de la mentira, y hay quien encuentra deleite y una práctica de vida en faltar a la verdad, otros en cambio tienen problemas de conciencia cada vez que saben que, aunque sea de forma indirecta, no hacen otra cosa que esconder la verdad para engañar a quien se está hablando.

 

Esos problemas de conciencia la necesidad de liberación personal son una de las causas que le impiden a uno desarrollarse plenamente pero también añaden un jugador nuevo en la partida: la ambigüedad. Es justamente en ese punto dónde el juego recobra sentido y puede llegar a divertirme, pues traspasar con un pie la delgada línea roja que separa los verdaderos sentimientos de uno de los falsos para provocar inquietudes y preguntas en las cabezas de los otros que indecisos no se atreven a preguntar abiertamente, que curiosos investigarán y preguntarán sin llegar a resolver sus dudas.

Pero es que yo no tengo porque dar explicaciones a nadie ni de nada, si quieren saber que pregunten.