Encuentro por la red un artículo de Arturo Pérez-Reverte cargado de razón y sentimiento, tras leerlo no puedo hacer otra cosa que trasladarlo aquí y anirmar a que lo leáis. Hoy que por aquí el cielo está encapotado, el aire es fresco, húmedo y brumoso. Como en esa Venecia soñada del artículo en la que a muchos nos gustaría vivir, sin estridencias pero con normalidad, sin tener que dar explicaciones de nada a nadie, sin tener que esconder nuestras emociones y sentimientos. Algún día.
Amor Gay
Pensaba en todo eso el otro día, a bordo del vaporetto que cubre el trayecto de San Marcos al Lido. Sobre la laguna soplaba un viento helado, los pasajeros íbamos encogidos de frío, y en un banco de la embarcación había una pareja, hombre y hombre, cuarentones, tranquilos. Se sentaban muy juntos, apoyado discretamente un hombro en el del compañero, en un intento de darse calor. Iban quietos y callados, mirando el agua verdegris y el cielo color ceniza. Y en un momento determinado, cuando el barco hizo un movimiento y la luz y la gama de grises del paisaje se combinaron de pronto con extraordinaria belleza, los ví cambiar una sonrisa rápida, fugaz, parecida a un beso o una caricia.
Parecían felices. Dos tipos con suerte, pensé. Aunque sea dentro de lo que cabe. Porque viéndolos allí, en aquella tarde glacial, a bordo del vaporetto que los llevaba a través de la laguna de esa ciudad cosmopolita, tolerante y sabia, pensé cuántas horas amargas no estarían siendo vengadas en ese momento por aquella sonrisa. Largas adoslescencias dando vueltas por los parques o los cines para descubrir el sexo, mientras otros jóvenes se enamoraban, escribían poemas o bailaban abrazados en las fiestas del Instituto. Noches de echarse a la calle soñando con un príncipe azul de la misma edad, para volver de madrugada, hechos una mierda, llenos de asco y de soledad. La imposibilidad de decirle a un hombre que tiene los ojos bonitos, o una hermosa voz, porque, en vez de dar las gracias o sonreír, lo más probable es que le parta a uno la cara. Y cuando apetece salir, conocer, hablar, enamorarse o lo que sea, en vez de un café o un bar, verse condenado de por vida a los locales de ambiente, las madrugadas entre cuerpos Danone empastillados, reinonas escandalosas y drag queens de vía estrecha. Salvo que alguno -muchos- lo tenga mal asumido y se autoconfine a la alternativa cutre de la sauna, la sala X, la revista de contactos y la sordidez del urinario público.
A veces pienso en lo afortunado, o lo sólido, o lo entero, que debe de ser un homosexual que consigue llegar a los cuarenta sin odiar desaforadamente a esta sociedad hipócrita, obsesionada por averiguar, juzgar y condenar con quién se mete, o no se mete, en la cama. Envidio la ecuanimidad, la sangre fría, de quien puede mantenerse sereno y seguir viviendo como si tal cosa, sin rencor, a lo suyo, en vez de echarse a la calle a volarle los huevos a la gente que por activa o por pasiva ha destrozado su vida, y sigue destrozando la de los chicos de catorce o quince años que a diario, todavía hoy, siguen teniéndolo igual que él lo tuvo: las mismas angustias, los mismos chistes de maricones en la tele, el mismo desprecio alrededor, la misma soledad y la misma amargura. Envidio la lucidez y la calma de quienes, a pesar de todo, se mantienen fieles a sí mismos, sin estridencias pero también sin complejos, seres humanos por encima de todo. Gente que en tiempos como éstos, cuando todo el mundo, partidos, comunidades, grupos sociales, reivindica sus correspondientes deudas históricas, podría argumentar, con más derecho que muchos, la deuda impagada de tantos años de adolescencia perdidos, tantos golpes y vejaciones sufridas sin haber cometido jamás delito alguno, tanta rechifla y tanta afrenta grosera infligida por gentuza que, no ya en lo intelectual, sino en lo puramente humano, se encuentra a un nivel abyecto, muy por debajo del suyo. Pensaba en todo eso mientras el barquito cruzaba la laguna y la pareja se mantenía inmóvil, el uno contra el otro, hombro con hombro. Y antes de volver a lo mío y olvidarlos, me pregunté cuantos fantasmas atormentados, cuántas infelices almas errantes no habrían dado cualquier cosa, incluso la vida, por estar en su lugar. Por estar allí, en Venecia, dándose calor en aquella fría tarde de sus vidas.


Bravo por Perez Reverte, pero aun así algo del artículo no me termina de cuajar.
Y no es por supuesto la reivindicación de la adolescencia de esa pareja, brutalmente secuestrada.
Es en el desprecio al ambiente, creo sinceramente que el ambiente es una de las mejores formulas de fiesta nocturna, na yo solo en España sino más aun en otros países.
No soporto sinceramente a esos maricas, bolleras y heteros que piensan que debemos de ser normales, vestir de frac en las bodas y seguir imitando patrones heterosexistas.
No lo siento hemos conseguido muchas libertades que ahora no nos van a cercenar para parecer normalitos, libertad sexual, acaso no es mucho mejor el intercambio sexual gratuito del cruesing que el esclavismo de cierta protitución femenina, tampoco vamos a retroceder en la imposición de roles de género o en otras muchas libertades que cierto grupo de “normalizadores” nos piensan arrebatar, y se encargan de despreciar.
Reinona, sí, conm mucho gusto….
MUERTE A LA NORMALIDAD
Comment by Askolari — April 11, 2006 @ 3:13 pm
Yo creo que no se trata a una crítica a esa forma de vivir la sexualidad que tu reivindicas sino una crítica a la imposibilidad de vivir la sexualidad con normalidad sin necesidad de dar explicaciones a nadie, ya sea reinando en las noches de Chueca o paseando por el Retiro de la mano de tu maridito mientras empuja el carrito de un hijo adoptado…
Yo lo veo más como eso, un canto a la libertad y a permitir que cada cual cultive su jardín como le parezca conviente. Sin intromisiones de la sociedad, del Estado, de la Iglesia… hacer simplimiento lo que uno crea mejor.
Comment by Antinoo — April 11, 2006 @ 6:11 pm